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miércoles, 7 de septiembre de 2016

fiestas: Miedo a la nostalgia

IMG-20160820-WA0001   Me da cierto miedo la nostalgia -ahora de moda, parece ser- porque ese cariño al pasado suele responder a la busqueda de una seguridad (miedo a la incertidumbre del  futuro) y a la falta de objetivos del presente. Pero si es cierto que cada año me pesan más las añoranzas, de personas  -inevitablemente-  pero alejándome de lo personal; añoro sobre todo actividades e instituciones sociales.

Muchos padres echaban de menos  el chiringuito de años pasados, no tanto por ocupar la mano con un vídrio sino por el ambiente y la gente mayor con la que interactuar mientras se vigila a la gente pequeña saltando en colchonetas o luchando por no ser engullido por Doraimon. Yo, personalmente, añoraba más la discoteca de Alonso, la terraza de Chaqueta o cualquier otro refugio donde sentarte tranquilo y charlar.  Con el botellón como centro gravitatorio nocturno, en la plaza  (con la música SIEMPRE excesivamente alta) me sentía un expatriado nocturno; y la única discoteca que ha abierto era un desierto hasta las 5, que el botellón mandaba a su vanguardia.
  Puede que sea yo, puede que sea percepción y no realidad. Que mi cabeza me engañe o que haya heredado el genio maligno de Newton; pero yo juraría que cada año hay menos ambiente, y cada vez se ve menos gente… y con menos gente menos ambiente y… se ve claro, no?
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Que haya más o menos gente no depende de nadie, pero que se vea ambiente y atractivo para seguir viniendo si. Se necesitan multiplicadores sociales  (actividades, vamos), y lo que más he echado de menos  -caí en la cuenta el día del ajedrez- es sin duda las mediodías de cartas en la piscina o bajar al castañal.
Aunque yo rara vez jugaba, pero todo el ambiente estaba allí. Ahora el pueblo muere hasta las 8 o las 9 que alguien se atreve a acercase a la plaza con sus terrazas.
  Porque no ibamos a jugar a las cartas; igual que la gente no va a los bares a beber -qúien así lo crea equivoca su idea de negocio-. Ibamos a ver que había, a encontrar novedad y gente. A ver si estaban los amigos, y con suerte aquella chica…  La gente puede jugar a las cartas o beber en casa, pero vamos –y pagamos- a los bares porque allí hay gente. Nos sacan de la pobreza social de nuestras casas.
  Hace años que entramos en dinámicas de división. Con albercas (piscinas, que leches) en cada familia. Sin erillas que recojan a los niños nuevos y los integren; sin castañal al que ir andando  (y quedarse horas), sin…    sin multiplicadores sociales.  Sin tiempo en común no podemos crear nuevos enlaces, nuevas amistades.
Me preocupa mi nostalgia, pero más nuestro futuro social.


 

1 comentario:

JCMolina dijo...

Para acabar el verano esta reflexión es la propia Erillas.
Me duele todo esto, pero joder no lo digas ahora que es el final de un periodo esplendoroso, espero que vengan las primeras lluvias y ya nos hundimos en la nostalgia absoluta y caemos en la depresión más absoluta.
Solo se salvarán aquellos que no han vivido en el pueblo su infancia o adolescencia después de los 90 del siglo pasado o los 2000 como mucho,
No seas tan cruel, deja que sean felices con sus píldoras de "presentismo" y "amifuncionismo".